
escucho los tambores de esos besos playeros a escondidas, de esas cremoladas con jarabe regalado, de gansos alcahuetes y de cada kilómetro que recorrí en ese viaje dormido hacia el sur. todos esos tambores redoblan esta orquesta, la excitan a seguir tocando y a mi a seguir interpretando este enérgico número.
me despierto atontado en la orilla y voy recordando que fui un polizón en un barco sin rumbo. un barco al que subí bajo un acuerdo: recibir esperanzas a cambio de experiencias. esperanzas para continuar, para encontrarte, para sentir. para saber que hay mucho más si levanto la mirada. que hay mucho más si me atrevo a vivir otra vez. fue la entrega sin temor quien elaboró las experiencias tan genuinas, amplias e indelebles que voy reconociendo en medio de mi desconcierto post travesía.
¿fue acaso mi atracción por lo irreal y por lo confuso quien me atrajo a esa incierta circunstancia? no sólo me gustaba el personaje, pese a los perjuicios que me podría ocasionar, sino que fue su conexión con él mismo lo que confirmó que debía dopar mi razón y actuar desde la naturalidad. fue, entonces, su fondo y su forma quienes terminaron por cautivarme hasta el embeleso. hay ahora tantas fantasías pendientes, tantos planes sin consumar, futuros libros no comentados y varias manías por tratar que se van junto al recuerdo imparcial que le otorgué.

¿se habrán sentido un poco así los hombres que desprecié de mi vida? los que no tuvieron una historia junto a mi más larga de lo que permití. hoy valoro la valentía de ellos por intentarlo, por olvidar. hoy gozo de ese orgullo y satisfacción que causa el entregarse a lo que uno cree. una puerta abierta se valora más que mil cerradas. sólo sé que los cuerpos recordarán la pasión vivida, aunque invadir la gloria quedará en la memoria del alma sin riesgo de amnesia.
Síguela...